Texto completo de la Homilía en español:
Queridos hermanos en el Episcopado y el
sacerdocio, Queridos hermanos y hermanas
Es una gran
alegría para mí visitar por segunda vez este querido continente, a continuación
de haberlo hecho mi querido Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II, y volver a
vuestra casa, Benín, para dirigiros un mensaje de esperanza y de paz. En primer
lugar, deseo agradecer muy cordialmente, a Monseñor Antonio Ganyé, Arzobispo de
Cotonou, sus palabras de bienvenida, y saludar a los obispos de Benín, así como
a los cardenales y obispos de numerosos países de África y de otros
continentes. Y saludo calurosamente a todos vosotros, queridos hermanos y
hermanas, venidos para participar en esta Misa celebrada por el Sucesor de
Pedro. Pienso ciertamente en los benineses, pero también en los fieles de los
países francófonos vecinos, como Togo, Burkina Faso, Níger y otros más. Nuestra
celebración eucarística en la solemnidad de Cristo Rey del universo es una
oportunidad para dar gracias a Dios por el ciento cincuenta aniversario del comienzo
de la evangelización de Benín, y por la Segunda Asamblea especial para África
del Sínodo de los Obispos celebrado en Roma hace algún tiempo.
El
Evangelio que acabamos de escuchar, nos dice que Jesús, el Hijo del hombre, el
juez último de nuestra vida, ha querido tomar el rostro de los hambrientos y
sedientos, de los extranjeros, los desnudos, enfermos o prisioneros, en
definitiva, de todos los que sufren o están marginados; lo que les hagamos a
ellos será considerado como si lo hiciéramos a Jesús mismo. No veamos en esto
una mera fórmula literaria, una simple imagen. Toda la vida de Jesús es una
muestra de ello. Él, el Hijo de Dios, se ha hecho hombre, ha compartido nuestra
existencia hasta en los detalles más concretos, haciéndose servidor de sus hermanos
más pequeños. Él, que no tenía donde reclinar su cabeza, fue condenado a morir
en una cruz. Este es el Rey que celebramos.