Párroco: Padre Carlos Pérez

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Párroco: Padre Carlos Pérez

miércoles, 12 de setiembre de 2012

Catequesis del Santo Padre acerca de la Oración en el Apocalipsis (2a parte) - 12 Septiembre 2012


Texto completo de la catequesis tomado de RADIO VATICANO:

La oración en la segunda parte del Apocalipsis
(Ap 4,1- 22,21)

Queridos hermanos y hermanas:

El pasado miércoles hablé sobre la oración en la primera parte del Apocalipsis y hoy pasamos a la segunda parte. Mientras que en la primera parte, la oración se dirige hacia el interior de la vida de la Iglesia, en la segunda parte, la atención se dirige al mundo entero; la Iglesia, en efecto, camina en la historia y forma parte de ella, según el proyecto de Dios La asamblea que, escuchando el mensaje de Juan presentado por el lector, ha redescubierto su deber de colaborar en el desarrollo del Reino como "sacerdotes de Dios y de Cristo" (Ap 20,6, ver 1.5, 5.10), ahora se abre al mundo de los hombres. Y aquí emergen dos modos e vivir en una relación dialéctica entre ellos: el primero podría denominarse el "sistema de Cristo," al cual la congregación está feliz de pertenecer, y el segundo, el sistema terrenal anti-Reino y anti-alianza, puesto en acto por la influencia del Maligno", que, engañando a los hombres, quiere construir un mundo opuesto al deseado por Cristo y Dios. (cf. Pontificia Comisión Bíblica, La Biblia y moral. raíces bíblicas de Christian, 70). La asamblea debe entonces ser capaz de leer en profundidad la historia que está viviendo, aprendiendo a discernir los acontecimientos con la fe, para colaborar con su acción, en el desarrollo del reino de Dios. Y esta obra de lectura y discernimiento, así como de acción, está ligada a la oración.


En primer lugar, después de la llamada insistente de Cristo que, en la primera parte del Apocalipsis, ha dicho hasta siete veces: "El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a la Iglesia" (Ap 2,7.11.17.29, 3,6.13 .22), la asamblea es invitada a subir al Cielo para mirar la realidad con los ojos de Dios, y aquí nos encontramos con tres símbolos, puntos de referencia desde los cuales leer la historia: el trono de Dios, el Cordero y el libro (Ap 4, 1 – 5,14).


El primer símbolo es el trono, en el que está sentado un personaje, que Juan no describe, porque supera cualquier representación humana y sólo puede insinuar el sentido de belleza y de alegría, que se siente al encontrarse ante Él. Este personaje misterioso es Dios, Dios Todopoderoso, que no se ha quedado encerrado en su cielo, sino que se ha acercado al hombre, estableciendo una alianza con él; Dios hace escuchar en la historia, de forma misteriosa pero real, su voz simbolizada por rayos y truenos. Hay varios elementos que aparecen alrededor del trono de Dios, como los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes, que constantemente dan alabanza al único Señor de la historia. El primer símbolo es, por lo tanto el trono.

El segundo símbolo es el libro que contiene el plan de Dios sobre los acontecimientos y los hombres, está cerrado herméticamente con siete sellos, y nadie es capaz de leerlo. Ante esta incapacidad del hombre de escrutar el proyecto de Dios, Juan siente una profunda tristeza que le hace llorar. Pero hay un remedio ante la confusión del hombre, que se siente perdido ante el misterio de la historia: alguien es capaz de abrir el libro y de iluminarlo.

Y aquí aparece el tercer símbolo: Cristo, el Cordero que fue inmolado en el Sacrificio de la Cruz, pero que está de pie, signo de su Resurrección. Y es precisamente el Cordero, Cristo muerto y Resucitado, que poco a poco abre los sellos y revela el plan de Dios, el sentido profundo de la historia.

¿Qué dicen estos símbolos? Nos recuerdan cuál es el camino para saber leer los hechos de la historia y de nuestra propia vida. Elevando la mirada al Cielo de Dios, en relación constante con Cristo, abriendo a Él nuestros corazones y nuestras mentes en la oración personal y comunitaria, aprendemos a ver las cosas de una manera nueva y a percibir su sentido más verdadero. La oración es como una ventana abierta que nos permite mantener nuestra mirada dirigida hacia Dios, no sólo para recordarnos la meta hacia la cual nos dirigimos, sino también para permitir que la voluntad de Dios ilumine nuestro camino terrenal y nos ayude a vivirlo con intensidad y el compromiso.


¿Cómo guía el Señor a la comunidad cristiana para una lectura más profunda de la historia? En primer lugar, invitándola a que considere con realismo el presente que estamos viviendo. Luego, el Cordero abre los primeros cuatro sellos del libro y la Iglesia ve el mundo en el que está insertada, un mundo en el que hay varios elementos negativos. Hay males que el hombre cumple, como la violencia, que nace del deseo de poseer, de prevalecer los unos sobre los otros, hasta llegar a matarse (segundo sello), o la injusticia, porque los hombres no respetan las leyes que se han dado (tercer sello). A estos se añaden los males que el hombre tiene que sufrir, como la muerte, el hambre, las enfermedades (cuarto sello). Ante estas realidades, muchas veces dramáticas, la comunidad eclesial está invitada a no perder nunca la esperanza, a creer firmemente que la aparente omnipotencia del Maligno se choca con la verdadera omnipotencia que es la de Dios. Y el primer sello que abre el Cordero contiene precisamente este mensaje. Juan nos dice: " Y vi aparecer un caballo blanco. Su jinete tenía un arco, recibió una corona y salió triunfante, para seguir venciendo "(Apocalipsis 6,2). En la historia del hombre ha entrado el poder de Dios, que no sólo es capaz de equilibrar el mal, sino incluso de vencerlo, el color blanco se refiere a la Resurrección: Dios se hizo tan cercano que ha bajado a la oscuridad de la muerte para iluminarla con el esplendor de su vida divina, ha tomado sobre sí el mal acumulado del mundo para purificarlo con el fuego de su amor.

¿Cómo crecer en esta interpretación cristiana de la realidad? El Apocalipsis nos dice que la oración alimenta en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades esta visión de luz y de profunda esperanza: nos invita a no dejarnos vencer por el mal, sino a vencer el mal con el bien, a mirar a Cristo Crucificado y Resucitado que nos asocia a su victoria. La Iglesia vive en la historia, no se cierra sobre sí misma, sino que afronta con valentía su camino en medio de las dificultades y el sufrimiento, afirmando con fuerza que el mal indefinitivo no vence al bien, que la oscuridad no oculta el esplendor de Dios. Éste es un punto también importante para nosotros; como cristianos no podemos ser nunca pesimistas; sabemos que en el camino de nuestra vida a menudo encontramos violencia, mentira, odio, persecución, pero eso no nos desanima. Especialmente, la oración nos enseña a ver los signos de Dios, su presencia y acción. Es más, nos enseña a ser nosotros mismos luces de bien, que difunden esperanza e indican que la victoria es de Dios.

Esta perspectiva conduce a elevar a Dios y al Cordero, la acción de gracias y la alabanza: los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes cantan juntos el "cántico nuevo", que celebra la obra de Cristo Cordero, que hará "nuevas todas las cosas" (Ap 21:5). Pero esta renovación es ante todo un don que debemos rogar. Y aquí hay otro elemento que debe caracterizar la oración: invocar al Señor con insistencia que venga su Reino, que el hombre tenga un corazón dócil ante la soberanía de Dios, que sea su voluntad la que dirija nuestras vidas y las vidas de todo el mundo.

En la visión del Apocalipsis esta oración de petición está representada por un detalle importante: "los veinticuatro ancianos" y "los cuatro seres vivientes" tienen en sus manos, junto con el arpa que acompaña a su canción, "las copas de oro llenas de incienso” (5,8 a) que, como vienen explicado,"son las oraciones de los Santos"(5,8 b), a saber, aquellos que ya han alcanzado a Dios, pero también todos nosotros que estamos en el camino. Y vemos que ante el trono de Dios, un ángel tiene un incensario de oro en sus manos en el que continuamente pone granos de incienso, es decir, nuestra oración, cuya dulce fragancia se ofrece con las oraciones a Dios (cf. Ap 8,1-4). Es un simbolismo que nos dice cómo todas nuestras oraciones - con todas las limitaciones, la pobreza, la fatiga, la sequedad, las imperfecciones que puedan tener - son purificadas y alcanzan el corazón de Dios.

Debemos estar seguros, que no hay oraciones superfluas, inútiles; ninguna se pierde. Y éstas encuentran respuesta, aunque a veces misteriosa, porque Dios es Amor y Misericordia infinita. El ángel - escribe Juan - "tomó el incensario, lo llenó con el fuego del altar y lo arrojó sobre la tierra. Y hubo truenos, gritos, relámpagos y un temblor de tierra.” (Apocalipsis 8:5). Esta imagen significa que Dios no es indiferente a nuestras súplicas, interviene y hace sentir su poder y su voz en la tierra, hace temblar y altera el sistema del Maligno. A menudo, frente al mal se tiene la sensación de no poder hacer nada, pero es precisamente nuestra oración la respuesta primera y más efectiva que podemos dar y que hace más fuerte nuestro compromiso diario en la difusión del bien. El poder de Dios hace fecunda nuestra debilidad (cf. Rom 8:26-27).

Quisiera terminar haciendo alguna alusión al diálogo final (cfr Ap 22,6-21). Jesús repite varias veces: “¡Volveré pronto! Esta afirmación no sólo indica la perspectiva futura al final de los tiempos, sino que también se refiere al presente: Jesús viene y pone su morada en quien cree en Él y lo acoge. La asamblea, entonces, guiada por el Espíritu Santo, repite a Jesús la invitación urgente a hacerse cada vez más cercano: "Ven" (Ap. 22:17 a). Es como la "esposa" (22:17), que aspira ardientemente a la plenitud del matrimonio. Por tercera vez se utiliza la invocación: "Amén. ¡Ven, Señor Jesús "(22,20 b), y el lector termina con una expresión que manifiesta el significado de esta presencia: " La gracia de nuestro Señor Jesús sea con todos vosotros "(22:21).

El Libro del Apocalipsis, a pesar de la complejidad de los símbolos, nos sumerge en una oración muy rica, a través de la cual oímos, alabamos, agradecemos, contemplamos al Señor, le pedimos perdón. Su estructura, de gran oración litúrgica, es también un fuerte llamado a redescubrir la carga extraordinaria y el poder transformador que tiene la Eucaristía, en particular, me gustaría invitar con fuerza a ser fieles a la Santa Misa del domingo, en el Día del Señor. ¡El Domingo, es el verdadero centro de la semana! Gracias.


(Traducción del italiano: Cecilia de Malak y Eduardo Rubió – RV)

«Queridos peregrinos, dentro de dos días, hacia esta hora, estaré volando rumbo al Líbano. Me alegra este viaje apostólico. Me permitirá encontrar a numerosos componentes de la sociedad libanesa: responsables civiles y religiosos, fieles católicos de diversos ritos y otros cristianos, musulmanes y drusos de esta región. Doy gracias al Señor por esta riqueza, que sólo podrá proseguir si vive en la paz y en la reconciliación permanente. Por ello, exhorto a todos los cristianos de Oriente Medio, a los que nacieron allí y a los que han llegado luego, a ser constructores de paz y agentes de reconciliación. Pidamos a Dios que fortifique la fe de los cristianos del Líbano y de Oriente Medio, colmándolos de esperanza. Agradezco a Dios por su presencia y aliento a la Iglesia toda a la solidaridad, con el fin de que pueda seguir testimoniando a Cristo en esas tierras benditas y buscando la comunión en la unidad. Rindo gracias a Dios por todas las personas y todas las instituciones que, de múltiples maneras, ayudan en este sentido. La historia de Oriente Medio nos enseña el papel importante y a menudo primordial jugado por las diferentes comunidades cristianas en el diálogo interreligioso e intercultural. Pidamos a Dios que done a esta región del mundo la paz tan anhelada, en el respeto de las legítimas diferencias ¡Que Dios bendiga al Líbano y Medio Oriente! ¡Que Dios bendiga a todos!»

(CdM – RV)

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